Viaje al pasado

La Dama de Shanghai es una película de cine negro de 1947 escrita, dirigida y producida por Orson Welles. Protagonizada también por Welles junto con su mujer Rita Hayworth con la que en ese momento se encontraba en trámites de separación.

En palabras de Bazin (1998) “Digamos que es poco más o menos la historia de un honrado muchacho, el irlandés Michael O´Hara, contratado como marino en un yate de lujo donde se ve envuelto en horribles y oscuras intrigas criminales a las que la bella Elsa Bannister, mujer de uno de los dos pasajeros del yate, no es del todo ajena.”

Se trata, metafóricamente, de la historia de varios tiburones que van a acabar devorándose entre ellos, como anuncia el personaje de Michael O´Hara en una de las escenas.

Predominan, por tanto, los ambientes marítimos. Desde los créditos lo primero que aparece es el nombre del director y el título con el mar de fondo y seguidamente varias imágenes de paisajes marítimos de Nueva York.

La temática marina se repite a lo largo del filme. Están en un yate, luego en las playas caribeñas, en las costas de San Francisco, en un acuario… Orson Welles, amaba la literatura por encima del cine e intentaba hacer poesía en su cine. Los ambientes marítimos dan vida a la metáfora de los tiburones que se devoran entre ellos, y al igual que estos, los personajes de su película están rodeados de agua.

 Espacio bidimensional

De esta forma y añadiendo fondos desenfocados y por tanto una atmosfera difusa, la abundancia de planos a contraluz y de picados y contrapicados (aunque no tan pronunciados como en Ciudadano Kane), se crea una anulación de perspectiva generalizada.

A pesar de que la historia es mucho más profunda de lo que a priori puede parecer y de que la trama se va enrevesando cada vez más, no deja de ser una historia de amor (prohibido) entre dos personajes, por ello el espacio en la mayoría de escenas es bidimensional. Importan los amantes, sus conversaciones, la tensión que hay entre ellos, no tanto el espacio donde se encuentran. Welles utiliza varias de las claves para crear este espacio plano: planos estáticos, abundancia de planos frontales, primeros planos y planos-contra plano, de manera que no se sabe bien la distancia que hay entre los personajes, aunque se intuye que están cerca.

Otra de las claves del espacio bidimensional es la anulación de la línea del horizonte. En La Dama de Shanghai no se anula completamente, pero si aparece bastante alta, creando un espacio cerrado y plano. El horizonte tiene un papel especial, pues es hacia donde dicen que van a huir los amantes.

El espacio bidimensional es importante para la trama porque es una historia sobre mentiras y secretos entre cuatro personajes.

 Espacio profundo

Aunque en la mayoría de la película el espacio es bidimensional y los medios técnicos de la época dificultaban la creación de un espacio profundo, sí hay ciertas escenas en las que el espacio no es del todo plano. Estas son principalmente cuando Elsa y Michael se encuentran a cierta distancia y sirven para que el espectador repare en que se encuentran separados.

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Otras excepciones a la bidimensionalidad son los planos de localizaciones naturales, donde se muestran los espectaculares paisajes donde se rodó la película o cuando el personaje de Grisly cobra protagonismo y son más personajes los que aparecen en plano.

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Tampoco hay que olvidar la secuencia final en la que Michael por fin se ha librado de los tiburones, incluida su amada Elsa, y se dirige solo hacia el horizonte.

Espacio ambiguo: El cuarto de los espejos

El clímax de esta película sucede en la sala de los espejos de Shanghai Low, cerrándose así la trama. La pareja empieza hablando en Central Park de Shanghai, donde ella declara “se necesita algo más que suerte” y acaba muriendo en Shanghai Low a manos de su marido.

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En la célebre secuencia final de La dama de Shanghai, se crea un espacio ambiguo en el que el espectador se sumerge como uno más de los tiburones que se están devorando, recibiendo incluso un disparo de Elsa, que mira hacia la cámara.

Esta ambigüedad se consigue gracias a los espejos; que no nos permiten identificar a las figuras reales entre tantas repeticiones, a la repetición de imágenes desde distintos ángulos, a la superposición de imágenes de distintos personajes a distintos tamaños, a las líneas de los cristales rotos y al camuflaje de los personajes con el fondo completamente oscuro.

Se crea así una atmósfera absolutamente asfixiante, perdiéndonos también en el laberinto de espejos en una de las secuencias más reconocibles de La dama de Shanghai y de la historia del cine.

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