Presentaciones aparte

Roar Uthaug (La ola) dirige el nuevo reboot de Tomb Raider protagonizado por Alicia Vikander. Tras el fracaso de las primeras entregas fílmicas del universo Croft, han regresado con los mismos fallos que la condenaron en su día.

Los últimos lanzamientos de la saga consolera, pecaron de los mismos defectos. El principal fallo es el  guión. El primer cartucho de Tomb Raider jugaba con las mecánicas y el escenario para hacer sentir libre al jugador. Los elementos del videojuego fueron extrapolados a las películas, y el problema es que para que una secuencia en la que dos personas se disparan nos llegue a importar, tenemos que haber empatizado con ellos. Elegir un bando. Un personaje sólido hace que te lo creas todo.

Atada a sus referencias

Uncharted (sucesor de la mítica saga), aplicó la fórmula de Indiana Jones y supo ver el provecho que podía sacar el videojuego al cine. Cuando esto sucede al revés, no se tiene en cuenta que perdemos el factor que hace único al videojuego: la implicación.

La entrega más reciente liberaba al jugador en medio del caos nada más comenzar, porque ese va a ser el discurso y el lenguaje en el que se va a mover. Una película necesita respirar y crear un contexto antes de ponerse a repartir leña.

Cartel promocional de Uncharted 4
Cartel promocional de Uncharted 4

Pobreza en la construcción de personajes

El diseño del personaje resulta absurdo y es preso de la disonancia ludonarrativa. Lara Croft es una millonaria atleta que un día descubre que puede que su padre continúe con vida. Nos la presentan como una chica con valores. Un personaje blanco. Pues bien, tras el primer asesinato, cae de rodillas a plantearse que clase de persona es, pero la película no tarda en olvidarse de este interesante concepto, ya que en la siguiente secuencia ya es una asesina sin piedad que ni se lo piensa dos veces antes de apretar el gatillo.

Ahora vamos con aquello de la disonancia ludonarrativa. Alerta spoilers, si es que este comentario puede fastidiar la experiencia a alguien. Lara abre la película en un combate de MMA en el que acaba por rendirse. Es un recurso genial. Empatizamos con ella porque nos da pena. Es humana. Ella también fracasa. Pero siguiendo la estructura de la simetría, al llegar el clímax en el que se enfrenta al antagonista, es asfixiada sin piedad, momento en el que puede superarse a sí misma y demostrar que ha crecido y evolucionado. Pues no. Hay una explosión que distrae al villano y Lara aprovecha para acabar con él.

Alicia Vikander junto a Daniel Wu

Rematemos

Por si fuera poco, los diálogos se componen por humo y clichés. Si se puede destacar algo, son las dinámicas secuencias de acción y los movimientos de cámara para los mismos. Mucha pantalla verde y un abuso desproporcionado del montaje, con lo que nos transmiten la falta de confianza en el espectador para aguantar viendo un plano que dure más de tres segundos. Literalmente hay una secuencia en la que hay dos personajes que simplemente conversan, contada a través de siete planos diferentes, y eso que no dura ni un minuto.

Puntuación: 5 / 10.

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